Durante años escuchamos la misma frase: “la presión ideal es 120/80”. Y para mucha gente adulta de mediana edad, buscar cifras más bajas  puede reducir riesgos cardiovasculares. Pero en personas mayores—sobre todo a partir de los 75 años o en quienes son frágiles—la historia puede cambiar, porque bajar demasiado la presión puede traer efectos no deseados: mareos al ponerse de pie, desmayos, caídas, lesiones e incluso complicaciones graves. Esa preocupación no es “cuento”: en estudios clínicos de control intensivo se observaron más episodios de hipotensión y síncope en algunos grupos, aun cuando hubiera beneficios cardiovasculares.

A la vez, también es cierto que ensayos como SPRINT mostraron beneficios de un objetivo sistólico intensivo en adultos mayores seleccionados (por ejemplo, sin diabetes), lo que alimentó la idea de “cuanto más bajo, mejor”. El problema es que no todas las personas mayores se parecen a las de un ensayo clínico: en la vida real hay más fragilidad, múltiples enfermedades, medicación variada y mayor riesgo de caídas. Por eso, hoy se habla cada vez más de individualizar y no perseguir un número “perfecto” a cualquier costo.

Cuando “perfecto” se vuelve peligroso: una historia que se repite

Imagina a una mujer de 78 años que, tras años de hipertensión, logra acercarse a 120/80 con más medicación. Al principio todo parece bien, pero luego aparece algo sutil: mareo al levantarse. Unos segundos de inestabilidad, la necesidad de apoyarse, el temor a caminar rápido. Muchas veces esto se interpreta como “cosas de la edad”.

Hasta que un día, al levantarse de la cama, el mareo es más fuerte, las piernas fallan y llega la caída. No hace falta exagerar: una fractura de cadera puede iniciar una cadena difícil—cirugía, rehabilitación, miedo a moverse, pérdida de fuerza, complicaciones respiratorias—y la vida se reduce drásticamente.

Lo clave aquí no es la anécdota: es el mecanismo. En muchos mayores, al ponerse de pie la presión puede caer en picada (hipotensión ortostática). Y si además se está “apretando” el tratamiento para alcanzar cifras muy bajas, el riesgo aumenta.

Por qué en los mayores la presión “demasiado baja” se siente peor \

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Hay cambios normales del envejecimiento que vuelven más frágil el equilibrio de la presión:

  • Arterias más rígidas: con el tiempo pierden elasticidad. Esto puede hacer que el cuerpo necesite un poco más de presión para mantener buen flujo hacia el cerebro, sobre todo al estar de pie.
  • Reflejos más lentos (barorreceptores): los sensores que ajustan la presión cuando cambias de postura responden más despacio, facilitando bajones repentinos.
  • Mayor sensibilidad a fármacos: riñón e hígado procesan distinto; una dosis “normal” puede pegar más fuerte.
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  • Riesgos diferentes: a los 50 preocupa el daño “a décadas”; a los 80, una caída hoy puede cambiarlo todo.

Y ojo con un detalle que muchas personas pasan por alto: en mayores, suele importar mucho la presión sistólica (la “alta”), pero también conviene evitar que la diastólica (la “baja”) quede demasiado baja de forma sostenida, porque puede comprometer la perfusión del corazón y contribuir a síntomas.

Entonces… ¿qué números suelen ser razonables en adultos mayores?

No existe un único número mágico. Las guías modernas suelen mantener objetivos generales bajos (por ejemplo <130/80 en muchos adultos), pero insisten en ajustar según edad, fragilidad, comorbilidades, tolerancia y efectos adversos.

Como orientación práctica para conversar con tu médico (no para automedicarte), mucha evidencia y práctica clínica coinciden en que, en mayores de 75 o personas frágiles, puede ser más seguro evitar “apretar” hacia 120 si aparecen síntomas, y moverse en rangos moderados, priorizando estabilidad y prevención de caídas. (Y si hay diabetes, enfermedad renal, antecedentes de infarto/ictus, etc., el objetivo puede variar).

Lo más importante: la mejor presión no es la más baja; es la que te protege sin quitarte estabilidad, energía y calidad de vida.

La señal de alarma que no deberías ignorar

Si te pasa alguno de estos puntos, vale la pena revisarlo:

  • Mareo o visión borrosa al levantarte
  • Sensación de debilidad repentina al ponerte de pie
  • “Me voy a desmayar” al salir de la cama o del sillón
  • Caídas recientes o tropiezos frecuentes
  • Cansancio y confusión “nuevos” desde que ajustaron medicación

Estos síntomas no se deben normalizar. Pueden ser una pista de que la presión está quedando demasiado baja para tu cuerpo (o de que la medicación está fuerte).

Consejos y recomendaciones prácticas

  1. No ajustes medicación por tu cuenta. Si sospechas que tu presión está demasiado baja o tienes mareos, pide consulta y coméntalo con claridad.
  2. Mide tu presión en casa de forma ordenada. Idealmente en la mañana y tarde durante 1–2 semanas y registra fecha/hora/síntomas.
  3. Pregunta por “hipotensión ortostática”. En consulta (o con indicación profesional) se puede evaluar el cambio de presión al pasar de acostado a de pie.
  4. Prioriza la seguridad: si te mareas, levántate por etapas (sentarte, esperar, pararse), y asegúrate de tener apoyo cerca.
  5. Revisa el conjunto: deshidratación, diuréticos, alcohol, calor, comidas muy grandes, y algunos fármacos pueden favorecer bajones.
  6. Lleva tus registros a tu médico. Una conversación con datos (promedios + síntomas) cambia todo: ayuda a decidir si conviene subir, bajar o simplificar tratamiento.

En adultos mayores, perseguir 120/80 como si fuera una regla universal puede ser un error si aparecen mareos, bajones al ponerse de pie o caídas. La meta real no es “ganarle al número”, sino proteger cerebro, corazón, riñones y—sobre todo—tu estabilidad y tu vida diaria. La mejor decisión suele ser la que se toma con tu médico, mirando tu caso completo, no una cifra aislada.

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